Homenaje a pacientes y a sus médicos

Como homenaje a tantos pacientes y a sus médicos os presentamos este relato del Dr. Juan Carlos Padilla , neumólogo.

Francisco se despertaba cada mañana con el alivio de “un día más”. Estaba ingresado en una habitación de la cuarta planta del Perpetuo Socorro, con una terraza desde la que se veía el espléndido castillo de Santa Bárbara. Y a eso de las once se asomaba a charlar con la cara esculpida en piedra.  Eso sí, Francisco se ponía la mascarilla. 

Allí, bañado por los rayos benéficos del sol alicantino, recordaba los frenéticos días previos. Cuando comenzó a tener un poco de tos en casa y enseguida se presentó la fiebre. Fue su mujer la que insistió en acudir al médico, porque él no quería molestar. Al principio le dijeron que aquello era un cuadro leve, que tomara paracetamol y se marchara a casa; y que volviera si empeoraba. Y empeoró. De repente, una nueva sensación, desconocida para él, le inundó: No podía respirar.

Francisco había sido maestro toda su vida, y había explicado a sus alumnos mil y una historias, porque a él lo que le gustaba era la literatura. Pero ahora no era capaz de explicarse a sí mismo lo que le sucedía. Su mujer lo cargó en su coche y le llevó a urgencias del Perpetuo. Allí le hicieron radiografías y análisis, hasta un TAC de los pulmones. El resultado no tardó en llegar. Una doctora amable le explicó al matrimonio que Francisco padecía una neumonía de los dos pulmones producida por el famoso coronavirus, y que el oxígeno en su sangre había descendido hasta el 88%. 

Paco no lloró entonces, pero se despidió de Enriqueta con la angustia de la última vez.

Le ingresaron en una habitación amplia y cómoda, pero desde ese momento no volvió a ver una cara humana. Le atendían bien, muy bien incluso, pero nadie le tocaba y todo el personal se presentaba ante él como si fueran artificieros de la policía. Paco solo tenía su teléfono móvil, su libro digital, cargado de novelas que le había regalado Enriqueta, y una televisión en su habitación. 

Pronto llegó un médico que le explicó lo que iban a hacer por él:

-Le hemos puesto un tratamiento con Hidrocloroquina, que es un medicamento contra el paludismo que ha demostrado que acorta el curso y la gravedad de la enfermedad. Además también le vamos a tratar con dos antibióticos y oxígeno, y veremos la evolución.

Paco no se atrevió a preguntar. Pero cuando el médico se iba por la puerta se volvió y le dedicó una última frase:

-Va a ir todo bien, amigo mío.

Paco lloró por primera vez aquella tarde. Las palabras del médico resonaban en su mente, como único antídoto contra la desesperación y la soledad. Su televisión solo vomitaba estadísticas a cual más negra: muertos, contagiados, morgues rebosadas, celebridades aisladas, féretros que desfilaban en sus sueños como los elefantes rosas en los de Dumbo…

A los dos días el doctor se sentó en su cama: 

-Hemos detectado en sus análisis el aumento de unos marcadores inflamatorios.

Paco miró al médico con prevención:

-¿Eso que significa, doctor?

-Pues que en sus pulmones se está librando una batalla entre los virus invasores y el ejército defensivo, el sistema inmunitario. Y en esa lucha se genera una cascada de células y sustancias inflamatorias que actúan como bombas que acaban afectando al propio organismo. Y por eso le vamos a administrar un tratamiento antiinflamatorio potente.

-¿En qué consiste ese tratamiento, doctor?

-En dos tipos de medicamentos: Por un lado le vamos a iniciar una pauta de corticoides, que son antiinflamatorios muy poderosos, y además le inyectaremos un medicamento que se llama Tocilizumab, que bloquea algunos de esos mediadores inflamatorios que hemos comentado.

Paco se quedó como un boxeador en un rincón del ring, sintiendo que el mundo se le venía encima. Parecía que la mascarilla de oxígeno no era suficiente para alimentar su sed de aire.

-Pero… entonces… eso significa…

El médico sonrió tras su visera de plástico, sus dos mascarillas y sus gafas protectoras.

Homenaje a pacientes y a sus médicos en esta crisis del COVID-19 por el doctor Juan Carlos Padilla Estrada

-Eso significa, amigo mío, que afortunadamente tenemos medicamentos para tratar esa cascada inflamatoria. Y cuando la detectamos precozmente, como es su caso, y la tratamos, los resultados son buenos.

Paco se sinceró con aquel médico que se mostraba accesible y paciente:

-Doctor, tengo mucho miedo. Yo no quiero ir a una UCI  y que me ponga un aparato para respirar y morir ahí solo. Dígame la verdad. Haga eso por mí.

El doctor le tocó la mano. No fue un contacto para explorarlo, fue, sencillamente, una caricia. Una manera de transmitir confianza y seguridad entre seres humanos.

Un homenaje a pacientes y a sus médicos, sin duda la fe mueve montañas

-Paco, míreme a los ojos. -El médico se retiró la protección de plástico.- Vas a ir bien. Te vas a curar. Tu caso  es moderado y tenemos tratamientos eficaces para ellos. Solo unos pocos pacientes acaban en la UCI, y la mayoría salen a los pocos días. Cree en mí: tú te curarás. Además, necesito que me ayudes. 

Los ojos de Paco se había nublado.

-¿Ayudarle, doctor? ¡Dígame usted!

-Necesito que creas en nosotros. Que estés convencido de que esta lucha la vamos a ganar. Que encabeces la pelea por tu curación. 

Paco asintió. Ahora que le veía los ojos a su médico lo comprendió. Aquel hombre le estaba ofreciendo el arsenal de la medicina moderna, la del siglo XXI, aquella  que había conseguido abolir de la faz de la Tierra un buen porcentaje de dolor y sufrimiento de la especie humana, la que había logrado duplicar la expectativa de vida  de los humanos. ¿No iba a poder con el maldito virus de los murciélagos?

El médico le leyó el pensamiento y sonrió:

-Podremos con el maldito virus, Paco. ¡Podremos juntos!

Tres semanas después de aquella conversación Paco salió de la terraza que miraba al castillo, dejando atrás los dorados rayos del sol alicantino y comenzó ilusionado a empaquetar sus pertenencias. Guardó su libro digital y su teléfono móvil en su bolsa de viaje y se vistió con la misma ropa que trajo al hospital. 

Antes de salir de la habitación se miró en el espejo del baño y se arregló el cabello, algo más largo de lo habitual. Se lo peinó con cuidado: abajo le esperaba Enriqueta, y eso, treinta y seis años después, le seguía produciendo un vacío en el estómago. 

Cuando salió por el pasillo casi no se lo podía creer. De repente las enfermeras y las auxiliares aparecieron como por encanto y comenzaron a aplaudir. Sus ojos se anegaron entonces, con lágrimas de gratitud y esperanza. Nada pudo decir, solo inclinar la cabeza en señal de respeto y agradecimiento. 

Al final de la fila estaba su médico. Paco se paró, le estrechó la mano y solo pudo pronunciar una palabra entrecortadamente:

-Gra… cias.

Juan Carlos Padilla Estrada

Médico neumólogo

Juan Carlos Padilla

Como homenaje a tantos pacientes… y a sus médicos. 

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