¿Por qué se contagia el estrés? Cómo influyen las emociones de los demás en nuestro bienestar
Regresas a casa tras una jornada tranquila, pero tu pareja ha tenido dificultades en el trabajo. Habla rápido, se muestra irritable y parece inquieta por todo. Tratas de escucharla y, al poco rato, percibes que tú también estás tenso.
Aunque cada persona experimenta sus propias emociones, el ánimo de quienes nos rodean también puede incidir en cómo nos sentimos. Es lo que en psicología se denomina contagio emocional del estrés, un fenómeno por el que el estado emocional de quienes nos rodean puede influir también en cómo nos sentimos.
¿Por qué se nos pega el estrés de los demás?
Las personas estamos atentas a lo que sucede a nuestro alrededor, sobre todo cuando se trata de alguien relevante para nosotros. Observamos los gestos, el tono de voz y la forma de actuar de los demás.
Cuando alguien está muy nervioso, podemos interpretar que algo negativo está pasando. Quizá empecemos a hablar más rápido, a inquietarnos o a sentir que debemos hacer algo para resolver la situación.
Esto no quiere decir que el estrés se transmita de una persona a otra como un virus. Más bien, reaccionamos a las señales que percibimos y a lo que creemos que significan. No todos reaccionamos igual.
¿Podemos notar ese estrés en el cuerpo?
Sí. Piensa en lo que sucede cuando estás con alguien que discute, va de un lado a otro o transmite mucha inquietud. Puede que termines con los hombros tensos, respirando más rápido o con problemas para relajarte.
Nuestro organismo puede ponerse en alerta ante situaciones que percibimos como amenazantes, aunque el problema no nos afecte directamente.
Pero no siempre ocurre así. Estar junto a alguien estresado no implica que vayamos a sentirnos igual. En ocasiones podemos mantener la calma e incluso ayudar a que la otra persona se serene.
¿Por qué nos afecta tanto el malestar de quienes queremos?
Cuando alguien cercano lo está pasando mal, es normal que nos preocupemos. Deseamos escucharla, entender lo que siente y hallar la forma de ayudar.
La dificultad surge cuando sus problemas comienzan a ocupar también nuestra mente. Puede que sigamos rumiando una conversación horas después o que sintamos que debemos estar disponibles en todo momento.
Aquí es conveniente recordar algo: acompañar a alguien no significa tener que resolver todos sus problemas. Podemos mostrar afecto y comprensión sin relegar nuestras necesidades a un segundo plano.
El estrés también puede notarse en el trabajo
Piensa en una oficina donde las prisas son constantes. Un compañero menciona que no llegará a tiempo, otro se lamenta por todo lo que queda por hacer y alguien insiste en que cualquier mínimo error será un desastre.
Aunque hayas comenzado la mañana con calma, es probable que ese ambiente acabe afectándote. Tal vez sientas que debes apresurarte sin necesidad.
Eso sí, no todo es contagio emocional. Si hay demasiadas tareas, poco tiempo o falta de apoyo, el problema también reside en las condiciones laborales. No basta con pedir a las personas que se relajen cuando el entorno sigue siendo estresante.
¿Cómo evitar cargar con el estrés de los demás?
No podemos controlar cómo se sienten quienes nos rodean, pero sí podemos aprender a convivir con sus emociones sin que acaben desbordándonos. Algunas pautas que pueden ayudarnos son:
- Diferencia tus preocupaciones de las ajenas. Cuando percibas que alguien te transmite nervios, pregúntate si de verdad hay algo que te preocupa o si estás reaccionando al malestar ajeno.
- Escucha sin pretender solucionarlo todo. En ocasiones, quien está estresado solo necesita desahogarse. Puedes acompañarle y mostrar comprensión sin sentirte responsable de solucionar sus problemas.
- Aprende a poner límites. Si una conversación te está agotando, puedes proponer retomarla más tarde. Necesitar un momento de calma no quiere decir que te importe menos la otra persona.
- Dedica un momento a recuperar la calma. Tras una situación tensa, salir a andar, respirar con calma o dedicar unos minutos a algo placentero puede ayudarte a desconectar.
La calma también se puede compartir
Afortunadamente, las emociones positivas también pueden incidir en quienes nos rodean. Una conversación sosegada, una sonrisa o sentirnos escuchados pueden ayudarnos a encarar las preocupaciones de otro modo.
La próxima vez que alguien cercano esté estresado, prueba algo simple: en vez de intentar resolver de inmediato su problema, pregúntale si necesita que le escuches o que le ayudes a encontrar una solución.
A veces, lo que más necesitamos no es que alguien solucione nuestras dificultades, sino sentir que no tenemos que afrontarlas solos.
Y recuerda que cuidar a los demás no implica olvidarte de ti. Hallar ese equilibrio también es una forma de cuidar nuestras relaciones.
Sobre el autor
Asier Larruscain es psicólogo general sanitario, titulado en Psicología por la Universidad del País Vasco (UPV/EHU) y con formación específica en ansiedad y estrés. Acompaña a quienes experimentan dificultades relacionadas con la ansiedad desde un enfoque integrador y proporciona terapia online a través de Supera tu Ansiedad.
