Psicooncología al desnudo: «Cuando me diagnosticaron cáncer de mama, la visión de la Psicooncología cambió»

La psicooncología al desnudo es un artículo escrito por Eva Jurado Lara: Licenciada en Psicología por la Universitat de València, Psicóloga General Sanitaria a domicilio, especialidad en Psicología Clínica y de la Salud. 

Máster en Salud Mental de la Universidad Miguel Hernández de Elche. Máster en Psicooncología. Especialista en cuidados paliativos y Miembro de la Red Nacional de Psicólogos para la Atención a las Víctimas del Terrorismo.

Psicooncología al desnudo

De nuevo tengo ante mí el papel en blanco y, como me ocurre últimamente, un nuevo reto: escribir algo en relación a la Psicooncología, es decir, en relación al cáncer y a cómo hacemos los profesionales de la psicología para ayudar a las personas que han sido diagnosticadas de cualquier tipo de tumor maligno a transitar por este tortuoso proceso.

Este proceso que a veces está marcado con un trágico final, pues la muerte “pocas veces parece que nos viene bien vivirla”, y, otras veces, vivido como un punto y seguido en nuestra biografía, marcado por alguna pérdida que otra (cirugías, calvicies, salud mermada, tratamientos fatigosos y un largo etcétera de efectos secundarios).

Cuando en 2016 me diagnosticaron cáncer de mama, la visión que tenía de la Psicooncología cambió de cualidad.

“No es lo mismo ser que parecer”, me decía mi padre desde bien pequeña, y cuánta razón tenía. No es lo mismo ser una profesional que ve el cáncer con una humanidad y una sensibilidad que creo que me caracteriza desde que la memoria me alcanza y, por tanto, parecer que casi comprendes por completo a esas personas estigmatizadas por esta enfermedad, que ser una mujer que ha sido diagnosticada, operada y tratada de un cáncer de mama y que además es psicóloga y psicooncóloga. La cosa cambia.

Ya no se separarme de la palabra cáncer, con la distancia del profesional que se relaciona con sus pacientes, desde la teoría y con la empatía con la que todo psicólogo debería saber manejarse obligatoriamente.

No es lo mismo que te cuenten cómo es el momento en que te dan “ese temido diagnóstico” que pasarlo en primera persona. No es lo mismo que te relaten cómo son las salas de espera de quimioterapia, o las de radioterapia, que estar sentada esperando tu turno. No es lo mismo ver los efectos secundarios de las operaciones, de los tratamientos, que sentirlos en tu propia piel.

Ahora entiendo como nunca que todas esas palabras técnicas que escuchas de labios del oncólogo, esos informes llenos de términos complicados que tantas veces he estudiado concienzudamente con mis pacientes para descifrar con ellos lo que están diciendo, se vuelven realmente inexpugnables cuando los lees para ti. Da igual los conocimientos o no que tengas, las letras se vuelven borrosas y apenas puedes escuchar lo que el especialista te está diciendo. Te llegan palabras inconexas que torpemente intentas retener, porque en el momento del diagnóstico todo tu cuerpo está en alerta.

Son momentos de confusión donde te quedas desnudo frente a la misma vida con sus giros caprichosos y, en estos casos, tremendamente duros.

Y está claro que hay otras muchas experiencias de vida que pueden ser igual de duras y, también en muchas ocasiones, hasta peores, pero el cáncer se asocia inevitablemente a la posibilidad de la muerte y la muerte, en la mayoría de los casos (a no ser que ya estemos esperándola por edad), nos supone un dolor tremendo.

Además, en esta enfermedad, la familia y los amigos también sufren y mucho, por lo que hay un dolor añadido. Muchas veces el paciente es consciente de lo que está suponiendo su enfermedad para todas sus personas queridas y no sabe cómo hacer para aliviar en algo esa angustia; otras veces ocurre al contrario, el entorno del paciente no sabe bien cómo manejarse con todo lo que está ocurriendo y no sabe acompañar al enfermo. Y, lo que sucede más veces, estas sensaciones se dan en ambos sentidos sin que haya una comunicación adecuada que ayude a liberar tensiones, lágrimas y poder hablar de los miedos, de los sueños truncados o de las cosas que realmente importan.

También asociamos el cáncer a sus tratamientos, como decía antes, y con razón, añado en primerísima persona. Hay que tomar decisiones en momentos de mucha inestabilidad emocional. La información que llega de los especialistas no siempre se entiende, te hablan de protocolos, de tratamientos que no sabemos lo que van a suponer, de cirugías obligadas y efectos secundarios tremendos, de toxicidad, de reacciones adversas, de tantas cosas que solo pensarlo se vuelve un camino espinoso; y, una vez aclarados los pasos a seguir, casi siempre con esa sensación de que en realidad poco decide el paciente, viene el atravesar el día a día.

Hay que ser muy buen surfista para llevarlo con dignidad o el mejor de los alpinistas para que no te dé vértigo el abismo que se abre ante ti.

Como pacientes oncológicos hemos de lidiar con otro gran sinsentido que nos llega de una obligatoriedad social en relación a esta enfermedad: estar siempre positivos, viendo el mejor lado de las cosas, agradeciendo lo que ocurre, pues así vamos a aprender a valorar más la vida. Los enfermos de cáncer nos convertimos en verdaderos héroes, en guerreros incansables, en auténticos luchadores (ya que siempre se habla de la lucha contra el cáncer, de ganar la batalla, de los héroes que lidian con la enfermedad…) y ¿alguien pregunta al paciente si se siente así?.

Es cierto que para algunas personas quizá haga falta este tipo de mensaje, pero voy a atreverme a decir que para la gran mayoría, ni héroes, ni luchadores, solo somos personas que transitamos por una enfermedad ,que trae aparejada momentos muy duros, que estamos viviendo momentos muy delicados donde quizá lo más importante es tener una mano amorosa y fuerte para sostenernos.

No necesitamos ser los ganadores de nada, no vaya a ser que si la enfermedad sale victoriosa, entonces nos sintamos como el guerrero que no tenía las mejores dotes para afrontar la guerra.

Vivimos en una sociedad donde tanto positivismo nos está haciendo creer que “si pierdo la batalla del cáncer”, es que quizá algo hice mal, quizá no proyecté bien mi pensamiento o no fui lo suficientemente proactivo o no me leí el mejor libro de autoayuda o qué sé yo.

Alrededor de esta enfermedad, que no deja impasible a nadie, nos encontramos toda esta gama de emociones y estados que he ido mencionando arriba: dolor, incertidumbre, angustia, desesperación, ansiedad, tristeza, rabia, impotencia, confusión, disociación, desesperanza, incredulidad, estupor, miedo y, como no, soledad; la soledad como una nota silenciosa y punzante que acompaña en todo momento; la soledad de quien sabe que hay momentos que solo son para uno, que hay emociones que solo pasan por dentro y que hay dolores que son solo para ti.

Así que esto es lo que nos vamos a encontrar la mayoría de las veces como profesionales, cuando tenemos frente a nosotros a una persona que ha sido diagnosticada de cáncer y a su familia. Esta es su realidad más íntima. Por esto creo firmemente que la figura del psicooncólogo es fundamental en estos procesos, de principio a fin.

Y, aun así, no cualquiera puede acompañar; no por tener unos estudios, un máster, lo vas a hacer bien. Tampoco hace falta haber pasado por un cáncer para ayudar, esto es solo un plus. Lo que sí es obligatorio es tener una mirada amorosa, saber del dolor, conocer el sufrimiento y haber tenido la osadía de atravesarlo las veces que haya hecho falta.

Saber que si vivimos en grupo, es porque no es necesario hacer las cosas siempre solo, que podemos derrumbarnos y sentirnos vulnerables, que es muy digno llorar y tener miedo.

El mejor profesional es el que cayó y se levantó y volvió a caer y volvió a levantarse, no el que ha acumulado todos los conocimientos del mundo.

Si estamos dispuestos a sentarnos frente a cada uno de nuestros pacientes y sus familiares y tenemos la valentía de mirarles a los ojos y contactar con todo lo que está ocurriendo en su interior, si aun así decidimos quedarnos y nos permitimos emocionarnos con ellos, entonces es que algo bueno estamos haciendo.

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