El crimen perfecto

Atardecía y el cielo se cerraba en un velo gris, pespunteado por nubarrones amenazantes que no tardaron en descargar su furia sobre los campos devastados por la reciente guerra.

La sangre de los millones de combatientes muertos se había filtrado hacia el subsuelo y solo el tiempo diría si brotaría en algún lugar, como fuentes  de infamia, manantiales de injusticia que recordaran a la Humanidad por siempre el precio por la única forma de resolver sus diferencias que los humanos han conocido a través de los siglos.

“La guerra”… murmuraba uno de los líderes  victoriosos, aún afectado por la ceremonia de rendición que condenaba a los perdedores a un purgatorio que se antojaba casi eterno. La lluvia inmisericorde sobre el campo roturado de lápidas encogía su ánimo que solo momentos antes le había recordado la enorme suerte de estar a este lado de la frontera que separa el éxito de la muerte.

Uno de sus asistentes vino a sacarle de su ensimismamiento:

-Cuando quiera, señor, el resto de líderes le aguarda.

La sala estaba repleta, los cuatro líderes en torno a una mesa, los ayudantes un tanto relegados algunos metros detrás.

El oriental fue el primero en tomar la palabra:

-Acabamos de vivir el conflicto más sangriento que los siglos han deparado. Y hemos de edificar la paz. Creo que las guerras pasarán a formar parte del pasado del género humano, porque si no es así, la siguiente representará nuestra extinción. Pero las amenazas  para la Humanidad no han desaparecido con la derrota de nuestros enemigos.   Ahora hemos de enfrentarnos a otra no menos real.

El líder europeo tomó la palabra, casi interrumpiendo a su colega:

-Hemos de poder controlar la población. Los avances tecnológicos nos van a deparar un aumento muy significativo de la expectativa de vida, y nuestras sociedades no pueden soportarlo, sencillamente no pueden.

Los líderes de Mundo se miraron con cara de preocupación. En efecto, en el informe que todos tenían encima de la mesa se ponía de manifiesto que la humanidad caminaba hacia un exceso poblacional, ahora que se habían descubierto unos nuevos agentes capaces de derrotar a la causa de muerte por antonomasia, las enfermedades infecciosas.

-Sí… Los antibióticos van a revolucionar nuestra época y salvarán muchas vidas. Pero entonces –el líder del Pacífico verbalizó lo que muchos pensaban- ¿Quién o qué controlará la población?

La pregunta quedó en el aire, flotando como una nube incómoda, opaca, amarga.

Hasta que el líder americano se levantó, despacio, encendió un cigarrillo y se paseó lentamente entre sus colegas. En silencio, disfrutando del momento, exhalando bocanadas de humo que abrazaban a aquellos hombres como los monstruos lo hacen a los niños en los sueños infantiles.

-Colegas, amigos. Yo soy viejo, y no habré de esperar mucho para emprender mi viaje final. No le tengo miedo a mi pasado y aun menos a mi futuro; me importa nada lo que la historia haya de añadir a mi epitafio. Por eso hoy vengo a traerles la solución a nuestros problemas.

A una seña suya uno de sus ayudantes repartió un pequeño dossier entre los líderes mundiales.

-Lo tenemos en nuestras manos. –La expectación aumentaba por momentos.- Imaginad por un momento que tenemos una sustancia que mata, a largo plazo. Que además origina tal alto grado de adhesión que sus usuarios no son capaces de abandonarla, tanto que incluso están dispuestos a pagar por conseguirla. Además la podemos convertir en un icono de modernidad, un símbolo de un estilo de vida glamuroso y envidiable, el que todos los ciudadanos de la tierra ambicionan. Y, quizá lo mejor, proporciona placer, gran placer.

El líder del este se levantó de su silla y se encaró con el americano:

-¿Algo que mata proporcionando placer y adicción?  ¿Que es ambicionado como algo deseable, glamuroso? ¿Que además nos va a proporcionar ingresos porque la gente va a pagar su propia muerte?

El silencio volvió a apoderarse de la amplia estancia  donde se decidía el futuro de la Humanidad. Hasta que el americano, seguro, dueño de la situación, exhaló una gran bocanada de humo que tiñó el aire de un azul desvaído:

-Sí, amigos. Lo tenemos. Se llama tabaco.

Juan Carlos Padilla Estrada

Neumólogo. Hospital Vithas Internacional Medimar, Alicante.

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